No soy digno

No, Señor, yo no soy digno
de que entres en mi casa,

pero igual vienes,
tú que cuentas
con los frágiles.
No soy digno
de desatar tus sandalias,
pero tú me calzas
las botas del reino
y me envías a ser
buena noticia.
No soy digno
de servir en tu mesa
y tú me sientas a ella
para darme el pan,
la paz y la palabra.
No soy digno
de llamarme profeta,
y tú me das una voz
para cantar tu evangelio.

Me descubro
tan distante, tan a medias,
tan herido de tibieza,

pero una palabra tuya
bastará para sanarme.

(José María R. Olaizola, SJ)