Los dos trabajadores

Había sido un día muy duro. Desde la mañana estuve buscando un trabajo. Pero nada. Cada vez que alguien venía a buscar jornaleros, se llevaba a otros. Todo el día fue angustia, pensando que de noche no tendría nada que llevar a mi hogar. Solo al final un hombre vino y me pidió que fuera a echar una mano. Disfruté cada minuto. Supuse que cobraría poco, pero aún así, es mejor que nada cuando hay hambre. Sin embargo, al final fue muy extraño. El viñador me pagó tanto como a los que llevaban todo el día. Cuando me dio el dinero, vi en sus ojos que entendía mi situación y mi necesidad. Qué sorprendente fue, pero qué agradecido estoy.

Para mí fue un día muy completo. Un capataz me fichó a primera hora, y pude trabajar toda la jornada. Me quité la preocupación de tantas otras veces en que no hay trabajo. Al menos hoy podría cobrar. Me gusta sentirme útil. Me gusta trabajar en la viña. Recoger los racimos, ir viendo cómo avanzamos hilera tras hilera de vides. Disfruto con la camaradería del descanso. Me llena de orgullo ganar el pan de mis hijos. La viña era enorme, así que más trabajadores se fueron incorporando. Al final de la jornada recibí mi paga. El resto también. Algunos que llevaban vendimiando conmigo desde la primera hora se enfadaron porque los que trabajaron menos cobraron lo mismo. Pero, ¿por qué disgustarnos con la suerte de los otros? A mí no me perjudica que ellos puedan llevar también pan a sus casas. Y otras veces soy yo el trabajador de la última hora. Qué absurdo es disgustarse por el bien ajeno.

(Rezandovoy)