María

A lo mejor no eras tú, Madre.
Pero me lo pareciste.
Caminabas despacio delante de mí, al sol,
cargada con una pesada bolsa de ropa.
A lo mejor por eso al principio no te reconocí.
Claro, que a cualquiera le puede pasar.
Y es que no te imaginaba así:
No eras muy joven, tenías ya unos años.
Sin velo. Solo tu pelo con muchas canas.
Ni corona con estrellas. Solo un pañuelo azul al cuello.
Ni un manto bordado. Solo tu chaqueta roja y tus vaqueros.
Ni ángeles alrededor. Solo andabas cansada, como yo.
Yo te miré a los ojos al pasar.
Y tú me miraste sonriendo.
Y lo supe. Y también sonreí. Eras tú, Madre.
Una como nosotras. Una como nosotros.
María. Madre nuestra. Madre mía.
Madre de Dios.

(Jaime Foces Gil)