La sangre de los mártires
Que no se rindan los testigos del evangelio. Que no acalle su voz el rugido de las armas, el griterío de los poderosos, la mentira de los falaces o el parloteo de los tibios. Que lleven por bandera el amor que se entrega, generoso, insobornable, fiel y eterno. Un amor que procede de Dios mismo, y que desenmascara a todos los que hacen del egoísmo su lógica y de la indiferencia su armadura. Que proclamen, con sus gestos, la justicia que levanta del polvo a los desheredados y desenmascara a quienes construyen sus imperios sobre la explotación del prójimo. Esos testigos seguirán gritando, desde las cruces de nuestro mundo, una verdad incómoda.
Que unan sus pasos a esa corriente de la vida, ya resucitada, de quienes siguieron los pasos del Maestro hasta el final. Y que su testimonio se convierta, para cada cristiano, en llamada, provocación y escuela.
(Rezandovoy)
Que unan sus pasos a esa corriente de la vida, ya resucitada, de quienes siguieron los pasos del Maestro hasta el final. Y que su testimonio se convierta, para cada cristiano, en llamada, provocación y escuela.
(Rezandovoy)