Recuerdos de Juan

A veces me acuerdo de aquel día, de camino a Jerusalén, y me avergüenzo de cómo nos comportamos todos. Los peores, mi hermano Santiago y yo. El Maestro acababa de hablarnos con claridad de lo que se cernía sobre nosotros. Hablaba de cruz, de entrega, de que le iban a perseguir… Qué necios fuimos al no escucharlo. Quizás es que no podíamos ni imaginar lo que ocurriría después. Pensábamos que era ese modo de hablar suyo que a veces no entendíamos. Y por eso, justo cuando él nos había hablado de dar la vida, fuimos nosotros dos, y le pedimos que nos diese los mejores puestos a su lado, que nos hiciera grandes con él. Con qué tristeza nos miró. «No sabéis lo que pedís –dijo– ¿Seréis capaces de beber mi cáliz?» «Lo seremos» –respondimos llenos de arrogancia–. Qué lejos estábamos de imaginar que cuando llegase la hora del cáliz le abandonaríamos. Él nos miró con pena. Y al resto, que empezaron a discutir con nosotros porque todos queríamos los primeros puestos. Entonces, sin alzar la voz, empezó a hablarnos del poder. Y, como hacía tantas veces, nos explicó que para él el poder es el servicio. Que los jefes deben servir. Era extraño. Y difícil de entender. Pero oyéndole intuíamos que era verdad. Luego, mucho más adelante, nos lo mostraría con su propia vida.
Ahora, cuando ya me sé mayor, sólo sé que quiero beber su cáliz, pero no me atrevo a alardear de ello; sólo confío en que, si vuelve a llegar el momento, esta vez no le abandone; y sólo sé que para estar cerca de él no necesito asientos reservados, sino agacharme y lavar los pies de mi hermano. Como él nos enseñó.

(Rezandovoy, inspirado en Mc 10, 32-45)