Dos finales distintos
El Señor espera,
en el espacio sagrado
y silencioso de su templo.
Llegamos sus hijos, sus hermanos,
la humanidad entera
rota o trizada,
con deseos de consuelo, de perdón,
de una palabra.
Llegamos cargando con la vida misma,
esa que es bella,
pero que a veces duele,
porque desconcierta
y desafía.
Y llegan los fariseos de este mundo…
seguros con su poder,
poderosos con su dinero,
dominadores con su autoritarismo.
Juzgando.
Con sus dedos señaladores,
insensibles, escrupulosos, cumplidores…
y rezan en los primeros lugares.
Y también llegan los publicanos…
silenciosos porque se reconocen escuchados,
sin levantar la cabeza,
porque se sienten abrazados.
Pecadores… tremendos pecadores,
pero confiados en un Dios misericordioso.
Y se van… unos mascullando resentimiento
y mostrando el trofeo de la observancia.
Y los últimos, con la sonrisa en el rostro
y la paz en el corazón,
con experiencia de la misericordia de un Dios
que ama hasta el extremo.
(Hermana Viviana Romero)
en el espacio sagrado
y silencioso de su templo.
Llegamos sus hijos, sus hermanos,
la humanidad entera
rota o trizada,
con deseos de consuelo, de perdón,
de una palabra.
Llegamos cargando con la vida misma,
esa que es bella,
pero que a veces duele,
porque desconcierta
y desafía.
Y llegan los fariseos de este mundo…
seguros con su poder,
poderosos con su dinero,
dominadores con su autoritarismo.
Juzgando.
Con sus dedos señaladores,
insensibles, escrupulosos, cumplidores…
y rezan en los primeros lugares.
Y también llegan los publicanos…
silenciosos porque se reconocen escuchados,
sin levantar la cabeza,
porque se sienten abrazados.
Pecadores… tremendos pecadores,
pero confiados en un Dios misericordioso.
Y se van… unos mascullando resentimiento
y mostrando el trofeo de la observancia.
Y los últimos, con la sonrisa en el rostro
y la paz en el corazón,
con experiencia de la misericordia de un Dios
que ama hasta el extremo.
(Hermana Viviana Romero)