Tu programa y el mío

Me has ungido, Señor,
para amar y servir,
para cantar tu Palabra,
para devolver la esperanza,
para sembrar mi vida,
para vivir en tu Espíritu.

Me has enviado a coser heridas,
a caminar con tu pueblo en el gozo y el llanto,
a dejarme transformar por tu modo de amar,
a repartirme en humildad a todos,
a liberar cautiverios y abatimientos.

A veces ando atolondrado y estresado,
envuelto en mil tareas religiosas
y entretenimientos pastorales
que me despistan y distraen
del centro de tu buena noticia.

Me asusta tu desafío:
hacerme presente en las intemperies
de los que sufren descarte y abandono.
Prefiero seguir mi programa al tuyo.
Prefiero lo seguro y conocido a correr riesgos.
Podrías plantearme salir de mi rutina plácida.
Podrías desmontar mis planes y tren de vida.
Podrías pedirme partir del lugar de falsa paz
en que vivo instalado y me he ido construyendo.
Podrías pedirme que dejara de controlarlo todo
y saltar en tus brazos sin más red que la fe.

Tú me lanzas a ser continuador de tu misión:
anunciar la buena noticia a los pobres,
soltar los candados de los cautivos,
compartir tu luz entre las cegueras de este mundo,
libertar a los oprimidos de grilletes de exclusión,
gritar con fuerza y júbilo desmedido
que contigo hay esperanza para todos.

Este es tu proyecto de vida y acción,
con tus prioridades y sueños para quienes te sigan.
Que no me deje seducir por otros proyectos,
que disfrazan justificaciones, coartadas y excusas
para eludir comprometerme hasta el fondo.
Cuenta conmigo, Señor. Envíame.
Deseo hacer carne en mí tu misma misión,
aunque no esté de moda ni se hable casi
de tu opción preferencial por los pobres.

(Fermín Negre)