Piedras
Coge la piedra, la pesa,
la siente fría y dura al tacto.
Mira a lo lejos. Calcula
cuánto tardará en llegar
el enemigo, el rival,
el desconocido
hijo del dueño de la viña.
Cuando aparece
el mundo se detiene.
Se hace un silencio
expectante, clamoroso,
sólo roto por el murmullo
de la voz que se aproxima
anunciando la paz.
El canto intenta abrirse paso,
pero encuentra murallas
graníticas, inalcanzables,
y corazones de piedra.
Al final, el rumor cesa.
Se alza un grito, violento
y absurdo. Es el alarido de Caín
que aún nos desquicia hoy.
El hijo del dueño de la viña
recibe la primera piedra.
Quien la arroja no está libre de pecado.
La primera de muchas. Hasta quebrarlo
del todo.
No nos rendiremos.
No ha de vencer la desesperanza.
En un luego eterno y liberado
su cuerpo ha de volverse piedra angular,
sobre la que se levantarán,
reivindicados al fin,
todos los golpeados
de la historia.
(José María R. Olaizola, SJ)
la siente fría y dura al tacto.
Mira a lo lejos. Calcula
cuánto tardará en llegar
el enemigo, el rival,
el desconocido
hijo del dueño de la viña.
Cuando aparece
el mundo se detiene.
Se hace un silencio
expectante, clamoroso,
sólo roto por el murmullo
de la voz que se aproxima
anunciando la paz.
El canto intenta abrirse paso,
pero encuentra murallas
graníticas, inalcanzables,
y corazones de piedra.
Al final, el rumor cesa.
Se alza un grito, violento
y absurdo. Es el alarido de Caín
que aún nos desquicia hoy.
El hijo del dueño de la viña
recibe la primera piedra.
Quien la arroja no está libre de pecado.
La primera de muchas. Hasta quebrarlo
del todo.
No nos rendiremos.
No ha de vencer la desesperanza.
En un luego eterno y liberado
su cuerpo ha de volverse piedra angular,
sobre la que se levantarán,
reivindicados al fin,
todos los golpeados
de la historia.
(José María R. Olaizola, SJ)