En el nacimiento de una nueva vida

Te abres paso tras una pascua de dolor y de belleza, a los brazos de tu madre. Tu llanto rasga el velo del templo del espíritu, arropado en tu cuerpo diminuto, alumbrando un nuevo inicio de todas las cosas.
Deslumbrado por la luz buscas el calor y el abrazo. Y nosotros, apenas a ciegas, acogemos este misterio que sobrecoge y sobrepasa, en tu desarmada pequeñez. Y nuestra vida se hace, ahora, pesebre del amor incondicional, promesa de la humanidad, como el Dios de la ternura, nuestro pequeño Salvador.
Que seas siempre, Señor, el buen pastor de esta nueva vida. Bendícela, guárdala y muéstrale tu rostro. Líbrala del mal para que quede por siempre, así, en la palma de tu mano. Amén.

(Alvaro Vázquez)