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CAMINO DE SANTIAGO

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Coloquio ante el optimismo de los profetas

Señor, tengo que confesarte que a veces el optimismo de los profetas me desconcierta. Casi prefiero escuchar sus reiterados oráculos de denuncia, porque sintonizo rápidamente con su grito acusador; porque me entusiasma su lucidez y su conocimiento de la realidad y porque casi me da por ponerme a gritar al unísono con su voz clara y penetrante.

Pero cuando se ponen en plan optimista, me inquietan: les escucho, sí, pero al contrastar sus palabras consoladoras con lo que está pasando a mi alrededor, siento una desazón difícil de describir. ¿Acaso hay espacio para la esperanza y la consolación en esa realidad que tanto me duele y que ellos ponen en evidencia en sus oráculos?

Sin embargo, los profetas insisten –como hoy he podido escuchar–. Insisten en su intento de comunicar confianza y paz. Señor, sé que la razón de su esperanza no radica en el buen estado de salud de la sociedad ni de la política de su tiempo, sino que se afianza tan sólo en su fe en la fidelidad del Dios de los Padres. Si Dios está con nosotros quién contra nosotros. Sí, Señor, ya sé que ésa es la razón de su esperanza: pero la mía es tan débil, tan efímera…

Señor te pido que el conocimiento de la realidad sea para mí el humus en el que tú siembres la semilla de esa planta que se llama ‘esperanza’: haz conmigo lo mismo que hiciste con aquellos profetas, para que yo también sea cauce de esperanza. Para que yo pueda anunciar que ‘aquel día’ ya está llegando, que ya está aquí.

(Pep Baquer, sj)