La humildad de María

La humildad canta
y su melodía se extiende
por todos los espacios
y alegra las generaciones.
Sus manos ajadas
por los trabajos cotidianos
danzan en el aire su dicha.
Es una joven servidora
con sus raíces de olivo
en la tierra contaminada
de la Nazaret sin nombre
en la historia de Israel.

Se siente existir en unos ojos
que la miran con ternura
y desde ahí llega ella cada instante
hasta el centro de sí misma.

Exultan de gozo sus entrañas
y exalta al Dios que la mira.
Está enteramente abierta
a lo imposible,
así como la boca del cántaro
 que lleva sobre el hombro
acoge el agua de la fuente.

Será la Madre de su origen,
en el riesgo de alumbrar al Hijo
en quien todo ha sido creado
y por quien todo se abre
a la Bondad de lo inaudito.
Las instituciones de su pueblo
no podrán contenerlo,
empuñarán la espada
y ella tendrá que huir de noche
y esconderse en la sombra
de una vida de pobre y de esperanza.

Y cuando las espinas y los clavos
crucifiquen al Hijo como maldito,
ella lo alumbrará de nuevo
en medio de la comunidad,
Madre del Resucitado
por los siglos de los siglos.

Los poderosos, ricos, grandes,
con sus casas blindadas,
caerán como ídolos de barro
ante el empuje de esta vida
que lleva en sus entrañas,
pero los pequeños sin casa,
sin puertas ni ventanas,
con su existencia al descampado,
horizontal como los surcos,
arada por los trabajos y quebrantos,
abierta al cielo, serán inundados
y fecundos con el agua de la vida.

A lo largo de la historia
muchos pequeños y esclavos
verán en el rostro de María los rasgos de su raza,
de su dolor, de su exterminio,
indios, negros, blancos,
de oriente y occidente.
La pintarán en sus telas,
la tallarán en sus maderas,
y en un fluir de romerías con colores de fiesta,
la humildad de María alumbrará vida nueva
entre los pobres de la tierra.

(Benjamín González Buelta)