Tomás

Posa tu mano en la herida
del pecho atravesado,
toca la muerte del corazón,
las angustias abismales,
los amores sin destino,
los golpes del alma
que nunca cicatrizan.

Mete tus dedos
en las manos taladradas
por el ácido corrosivo
de los trabajos duros,
por los cepos injustos,
por las siegas sin salario.

Acaricia con la yema de tus dedos
los pies perforados
de los emigrantes sin más tierra
que la pegada en sus heridas
en cada paso errante.

No tengas miedo de palpar
la huella de lanzas y de clavos.
¡Tus dedos sentirán
en el fondo de cada herida
un latido del resucitado!

(Benjamín González Buelta, sj)