Domingo de Ramos

Por las calles empedradas
de la capital Jerusalén
desfilaba en días de victoria
el poder armado,
el fracaso del amor.

Se prolongaba la mano
en el filo de la espada,
endurecían los rostros
cascos metálicos,
el orgullo flameaba
en los penachos,
y como cola de su manto
lo seguía un cortejo
de vencidos esclavos
sangrando por las piedras.

Pero hoy, un galileo pobre
pasea el triunfo del amor
en el burro de un amigo.
Todo el amor contenido
en la estrechez de su cuerpo
y de su espacio breve,
brilla infinito en su mirada
y enciende esperanza
en los rostros que contempla.

Las aclamaciones del pueblo,
sin amo y sin consigna,
salen libres de los pechos
acostumbrados a encerrarse,
y vuelan entre los ramos,
fiesta en la danza
de palmas y de olivos.

Las piedras sin sosiego
de los altos edificios
acogen ahora el júbilo
y gritan como profetas
sus viejas historias
de injusticias y saqueos.

¡En la noche herida
de la historia que jadea
con brillo puro de lucero
el amor canta su dicha!

(Benjamín González Buelta, sj)