Habían pasado tres días desde que Jesús murió. Y una mañana, tan temprano que aún era de noche, María Magdalena fue a donde lo habían enterrado. Iba como a veces van las personas al cementerio, para rezar, para despedirse de su amigo, para llorar un poco porque estaba triste. Pero Jesús no estaba enterrado como enterramos hoy a las personas. En su época los ponían como en unas cuevas que llamamos sepulcros, y la puerta del sepulcro era una roca enorme muy pesada y difícil de mover.
Al llegar, María vio que esa losa del sepulcro de Jesús estaba apartada. Le dio un susto tremendo, y como no sabía si entrar o qué hacer, se fue a buscar a otros amigos de Jesús. Al llegar donde estaban Pedro y Juan, dos de sus mejores amigos, les dijo: «Creo que alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús a algún sitio que no sabemos» (porque ella aún no se imaginaba que Jesús pudiera estar vivo).
Los dos amigos de Jesús empezaron a correr. Juan, que era más joven y estaba más delgado, iba muy rápido. Juan miró desde la puerta, y se quedó sorprendido porque las vendas con las que habían envuelto el cuerpo de Jesús estaban tiradas en el suelo. Cuando llegó Pedro se atrevió a entrar, y vio las vendas en el suelo y otra tela con la que habían cubierto la cabeza de Jesús, bien doblada. Juan entró también. Y allí empezaron a comprender lo que había pasado. Sintieron que nadie se había llevado el cuerpo de Jesús a otro sitio, sino que estaba vivo. Y por fin entendieron lo que algunas veces les había dicho de que al final resucitaría. Por eso empezaron a sonreír, contentísimos.
Por tu Resurrección,
mi corazón se llena de esperanza.
Por tu Resurrección,
sé que la gran casa del cielo también es mi casa.
Por tu Resurrección,
gritamos a los cuatro vientos que tenías razón.
Por tu Resurrección,
canto y bailo con alegría infinita.
Por tu Resurrección,
el mundo se llena de color.