En aquel tiempo, el emperador era Tiberio, el gobernador Poncio Pilato y el virrey era Herodes. Los sumos sacerdotes de los judíos eran Anás y Caifás.
Y en medio de todos esos hombres poderosos, la palabra de Dios llegó a Juan, un chico muy sencillo, el hijo de Zacarías, en el desierto.
Inspirado por esa palabra recorrió toda la zona del río Jordán, invitando a la gente a bautizarse y convertirse. Repetía las palabras de otro profeta antiguo, y decía: «Yo soy la voz que grita en el desierto. Preparad el camino al Señor, allanad sus caminos. Quitad los obstáculos. Y todos verán la salvación de Dios».
«Senderos de amor.» © Autorización de San Pablo Multimedia
Senderos del amor,
caminamos siguiendo tu luz,
deseando poderte encontrar.
Sé que pronto vendrás,
una estrella me guía hacia ti,
no habrá muros que me impidan llegar.
Me enseñarás a amar.
Oh, Señor, tú me hablas de amor,
tus palabras me iluminarán.
Siguiéndote, Señor,
por la senda de la salvación,
tú me esperas con el corazón.
Jesús, te voy a abrir puertas
y voy a quitar obstáculos.
Voy a hacerte sitio en mi casa,
y en mi vida.
Voy a escuchar tus palabras
y voy a actuar como tú.
Y así, estaré preparando el camino
para que vengas.