Jn 4, 6-15
Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Entonces llegó una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le pidió: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dijo: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice 'dame de beber', le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dijo: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva? ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le replicó: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla...».