



Juan estaba con dos de sus discípulos. Viendo pasar a Jesús, dijo: «Ahí está el Cordero de Dios». Los discípulos, al oírlo hablar así siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dijo: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabí –que significa maestro–, ¿dónde vives?» Les dijo: «Venid y lo veréis».
Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran las cuatro de la tarde.
A lo mejor no eras tú, Madre.
Pero me lo pareciste.
Caminabas despacio delante de mí, al sol,
cargada con una pesada bolsa de ropa.
A lo mejor por eso al principio no te reconocí.
Claro, que a cualquiera le puede pasar.
Y es que no te imaginaba así:
No eras muy joven, tenías ya unos años.
Sin velo. Solo tu pelo con muchas canas.
Ni corona con estrellas. Solo un pañuelo azul al cuello.
Ni un manto bordado. Solo tu chaqueta roja y tus vaqueros.
Ni ángeles alrededor. Solo andabas cansada, como yo.
Yo te miré a los ojos al pasar.
Y tú me miraste sonriendo.
Y lo supe. Y también sonreí. Eras tú, Madre.
Una como nosotras. Una como nosotros.
María. Madre nuestra. Madre mía.
Madre de Dios.
(Jaime Foces Gil)