CAMINO DE SANTIAGO

NIÑOS

?

septiembre
18
martes

martes de la 24 del Tiempo Ordinario

Lc 7,11-17

música

texto de apoyo

descargar oración

comparte

00:00

Memorias de la viuda de Naím

Recuerdo aquel día. Mi único hijo había muerto, y yo me había convertido en una mujer, además de viuda, totalmente sola. La desesperanza y el dolor me llenaban por completo. Algunas personas me acompañaban al entierro. Caminábamos hacia el cementerio, a las afueras de la ciudad. Las lágrimas cubrían mis ojos. No podía ver lo que pasaba a mi alrededor y tampoco lograba vislumbrar un futuro. Mi único hijo había muerto, y yo también me sentía muerta.
Todo lo que pasó después fue muy rápido. No me di cuenta cómo fue que ese hombre se acercó a mí. Sólo recuerdo el amor y la fuerza que salían de sus manos cuando me tocaron. Luego oí sus palabras: “No llores”. Aquella voz me transformó por completo.
Sin poder controlar lo que estaba pasando, comencé a sentir ánimo, alegría, esperanza, de la manera que nunca antes había experimentado. Esa voz que me había dicho: “No llores”, ahora le estaba devolviendo la vida a mi hijo. Esas manos que recién me habían tocado, ahora levantaban a mi hijo del ataúd y lo llevaban a mis brazos. Todo sucedió muy rápido. ¿Qué puedo decir tantos años después? Que ahí estaba Dios, acompañándome en mi dolor y devolviéndome a mi hijo. Supe después que ese hombre era Jesús, el Señor, Dios-con-nosotros.

(Rezandovoy, adaptación de Lc 7,11-17)

Lc 7,11-17

Jesús se encontraba camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: “No llores”. Se acercó al ataúd, lo tocó y dijo: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: “Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

música

Anda, levántate y anda interpretado por Alvaro Fraile
«Solfeando»© Autorización de Alvaro Fraile

For Nevrik interpretado por Gerard Satamian
«Forget me Not»© Usado bajo licencia no comercial Creative Commons

septiembre
18
martes

Martes de la 24 de Tiempo Ordinario

Anda, levántate y anda interpretado por Alvaro Fraile
«Solfeando»© Autorización de Alvaro Fraile

For Nevrik interpretado por Gerard Satamian
«Forget me Not»© Usado bajo licencia no comercial Creative Commons

Lc 7,11-17

Jesús se encontraba camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: “No llores”. Se acercó al ataúd, lo tocó y dijo: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: “Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

texto de apoyo

Memorias de la viuda de Naím

Recuerdo aquel día. Mi único hijo había muerto, y yo me había convertido en una mujer, además de viuda, totalmente sola. La desesperanza y el dolor me llenaban por completo. Algunas personas me acompañaban al entierro. Caminábamos hacia el cementerio, a las afueras de la ciudad. Las lágrimas cubrían mis ojos. No podía ver lo que pasaba a mi alrededor y tampoco lograba vislumbrar un futuro. Mi único hijo había muerto, y yo también me sentía muerta.
Todo lo que pasó después fue muy rápido. No me di cuenta cómo fue que ese hombre se acercó a mí. Sólo recuerdo el amor y la fuerza que salían de sus manos cuando me tocaron. Luego oí sus palabras: “No llores”. Aquella voz me transformó por completo.
Sin poder controlar lo que estaba pasando, comencé a sentir ánimo, alegría, esperanza, de la manera que nunca antes había experimentado. Esa voz que me había dicho: “No llores”, ahora le estaba devolviendo la vida a mi hijo. Esas manos que recién me habían tocado, ahora levantaban a mi hijo del ataúd y lo llevaban a mis brazos. Todo sucedió muy rápido. ¿Qué puedo decir tantos años después? Que ahí estaba Dios, acompañándome en mi dolor y devolviéndome a mi hijo. Supe después que ese hombre era Jesús, el Señor, Dios-con-nosotros.

(Rezandovoy, adaptación de Lc 7,11-17)

descargar oración