







Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.
»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».
Dijeron
felices los importantes,
los radiantes, los esbeltos,
los que exhiben abundancias,
los que llegaron primero
los opulentos, los fuertes,
los que nunca naufragaron,
los que manejan los hilos,
los que siempre caen de pie.
La vida era una carrera
hasta conquistar la dicha
reservada a unos pocos.
Al escucharlo pensé,
qué infeliz soy.
Dijiste
felices los pobres de espíritu,
los frágiles,
los que lloran,
los rechazados,
los abatidos,
los golpeados,
los que se esfuerzan
aunque fracasen,
los derrotados
que aún confían,
los que aman.
Un dique se rompió.
Miré alrededor.
Otros ojos brillaban.
El silencio fue sed,
y empecé a beber de tus palabras.
Había esperanza
para las sombras de dentro.
(José María R. Olaizola, SJ)