







Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.
¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.
Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.
«Soul Gardener» © Usado bajo licencia no comercial Creative Commons
Con los ojos de tu rostro.
Con los de tu corazón.
Es lo de menos. Mira todo.
Todo.
Luces, colores, sombras, nieblas, aguas, desiertos, selvas y bosques, llanuras y páramos.
Todo está allí para ti.
Todo te lo puso el Padre para que lo mires.
Para que, mirándolo todo, también lo veas a Él.
Pues hasta las sombras, la noche y el ruido son necesarios, ¡no imaginas cuánto!, para que su Luz y su Silencio se vean y se escuchen.
Tú mira.
Solamente.
Simplemente.
Mira.
(Jaime Foces Gil)