







Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos». Al oír esto, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
Entonces, Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?». Jesús les dijo: «En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».
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Hay muchas alegrías,
la de cargar con muchos beneficios
y la de danzar una existencia libre,
la de vivir rodeado de prestigio
y la de admirar todos los milagros,
la de empuñar el poder respetado
y la de estrechar la mano del pobre,
la de hincharse repleto de fortaleza
y la de irse disolviendo en el amor,
la de acumular los regalos de la suerte
y la de ser una dicha para los demás,
la de ser llevado al sillón de los primeros
y la de escabullirse hasta el banco de los últimos,
la de construir el propio yo
y la de regalarlo sin balanzas ni contratos.
Una es la alegría codiciada, pasajera, que llevamos,
y otra es la alegría regalada, eterna que nos lleva.
(Benjamín González Buelta, SJ)