







Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
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Sin embargo,
es necesario regresar.
Sería maravilloso quedarse aquí,
montar tres tiendas
(aunque yo no me refugie en ninguna de ellas),
recostarme en tu regazo,
escucharte hablar para siempre,
enmudecer a tu contacto y presencia,
permanecer en ti,
ajeno a todo.
Pero me miras,
sonríes,
y acaricias mi ingenuidad.
«Hay que bajar», dices.
«Lo entiendes, ¿verdad?»
A mi pesar, asiento.
Hay que bajar, me repito,
a la piedra y al barro,
al polvo del camino,
y al humo de las ciudades.
Para experimentar
el delicioso placer
de encontrarte por sorpresa
en el rincón más insospechado
de la batalla cotidiana.
Así pues, está decidido;
tomo un poco de aire
y emprendo el descenso.
(Ximo Cerdà)