







Unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?». Y, llamando a la gente, les dijo: «Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre». Se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?». Jesús respondió: «La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
«La lluvia de tu misericordia» © Difusión libre cortesía de Ixcís
«The Man of Loaves & Fishes» © Permisos pedidos a Assisi Producciones
Mantengamos intacto el principio: el que se abre a sí mismo hacia el exterior, debe no menos abrirse hacia el interior, esto es hacia Cristo.
El que tiene que ir más lejos para socorrer necesidades humanas, dialogue más íntimamente con Cristo.
El que tiene que llegar a ser contemplativo en la acción procure encontrar en la intensificación de esta acción la urgencia para una más profunda contemplación.
Si queremos estar abiertos al mundo debemos hacerlo como Cristo, de tal manera que nuestro testimonio brote como el suyo, de su vida y de su doctrina. No temamos llegar a ser como él, señal de contradicción y escándalo.
Por lo demás, ni siquiera él fue comprendido por muchos.
(Pedro Arrupe, en su libro En Él sólo la esperanza)