







Le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual». En cambio, los fariseos decían: «Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, ‘como ovejas que no tienen pastor’, dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Por encima del hombro
la mirada impasible,
la distancia insalvable,
el muro de silencio,
el desprecio inclemente.
Por encima del hombro
la soberbia crecida,
la condena sin juicio,
el gesto de reproche,
la visión sin historia.
Hay que darse la vuelta,
y mirar frente a frente,
rostro a rostro,
para descubrir
en las lágrimas ajenas
las propias tormentas.
Hay que desarmarse
de razones y leyes,
para cargarse
de humanidad y evangelio.
Y entonces, entre errores
y nuevos proyectos,
levantarse unos a otros
hasta volar de nuevo.
(José María R. Olaizola, SJ)