







Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo hagas tocar la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para exhibirse a la gente; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
»Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».
Condúceme a lo secreto, Señor,
allí donde habitaremos juntos.
Al lugar de la desnudez y el despojo,
a la intemperie de mis miedos y ansiedades,
a la tristeza de mis noches frías
a la soledad del corazón herido
a la incertidumbre de mis frustraciones,
al silencio de mis palabras censuradas.
Condúceme a lo secreto,
allí donde habitaremos juntos.
Al desierto de mil manantiales escondidos,
al cobijo del sol que me alienta,
a la raíz de la vida escondida,
al fuego de los hondos deseos,
a la ternura del afecto que cura
al silencio de la oración confiada.
Condúceme a lo secreto,
allí desde donde resucitaremos juntos.
(Matu Hardoy)