







Al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban extenuados y abandonados «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».
Salir a la plaza pública.
Plantar cara a la ley muerta
con fe viva.
Hablar para todos.
Acariciar a los intocables
con ternura eterna.
Dejar ir el miedo.
Encender un fuego
de esperanza y arrojo.
Azuzar,
hasta poner en marcha
a otros
apóstoles
y con ellos atravesar
años,
siglos,
milenios,
construyendo el Reino,
pintando lo humano
con trazos de justicia.
Defender el Amor
de embates y agresiones.
Abrir la puerta de la historia
a lo inesperado,
lo impensable, lo inmortal.
Ante lo insulso,
proponer la Palabra
que hasta en el silencio retumba.
Dejarse guiar
por su Espíritu.
Estos son los Hechos.
Declarémonos culpables.
(José María R. Olaizola, SJ)