







Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas».
Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».
«Consagrados a ti» © Autorización de San Pablo Multimedia
Es él, Jesús, mi amigo. A quien negué en la hora clave. A quien traicioné por miedo. A quien dejé solo. Le prometí que nunca le fallaría, que daría la vida por él. Pero a la hora de la verdad, no fui capaz. Tuve miedo al castigo, al rechazo, al peligro. Callé y negué. Y ahora él me vuelve a salir al encuentro. Está vivo, de otra manera. Ha vencido a la muerte. Me pregunta si le quiero. No hay reproche. Es como una oportunidad para decírselo, y claro que lo digo. Tres veces le negué, y tres veces me pregunta. Y aunque cada vez que lo hace es para mí más doloroso, también noto que me voy sanando. ¡Claro que te quiero, Señor! Daría la vida por ti, ahora sí. Entonces Jesús me invita a seguirle, y me dice que cuide de los suyos. Sigue confiando en mí. Él, que conoce mi flaqueza. Él, que podría pensar que no valgo, sin embargo se fía de mí. Y por eso, mi corazón, antes angustiado y preocupado, solo puede dar las gracias.
(Rezandovoy)