







Cuando en Iconio se produjeron conatos de violencia por parte de gentiles y judíos, con el apoyo de sus jefes, para maltratar y apedrear a Pablo y a Bernabé; ellos se dieron cuenta de la situación y huyeron a las ciudades de Licaonia, a Listra y Derbe y sus alrededores, donde se pusieron a predicar el Evangelio.
Había en Listra, sentado, un hombre impedido de pies; cojo desde el seno de su madre, nunca había podido andar. Estaba escuchando las palabras de Pablo, y este, fijando en él la vista y viendo que tenía una fe capaz de obtener la salud, le dijo en voz alta: «Levántate, ponte derecho sobre tus pies». El hombre dio un salto y echó a andar. Al ver lo que Pablo había hecho, el gentío exclamó en la lengua de Licaonia: «Los dioses en figura de hombres han bajado a visitarnos». A Bernabé lo llamaban Zeus, y a Pablo, Hermes, porque se encargaba de hablar. El sacerdote del templo de Zeus que estaba a la entrada de la ciudad trajo a las puertas toros y guirnaldas y, con la gente, quería ofrecerles un sacrificio.
Al oírlo los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron el manto e irrumpieron por medio del gentío, gritando y diciendo: «Hombres, ¿qué hacéis? También nosotros somos humanos de vuestra misma condición; os anunciamos esta Buena Noticia: que dejéis los ídolos vanos y os convirtáis al Dios vivo ‘que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo lo que contienen’. En las generaciones pasadas, permitió que cada pueblo anduviera su camino; aunque no ha dejado de dar testimonio de sí mismo con sus beneficios, mandándoos desde el cielo la lluvia y las cosechas a sus tiempos, dándoos comida y alegría en abundancia».
Con estas palabras lograron apenas impedir que la multitud les ofreciera un sacrificio.
«Levántate» © Difusión libre cortesía de Juan Ignacio Pacheco
Verás, nunca ha sido fácil anunciar el evangelio. Quizás ahora tampoco lo sea para ti. A menudo nos encontrábamos incomprensión, recelo y ataques. Como una vez en Iconio. Querían apedrearnos y tuvimos que escapar. Nos perseguían los judíos, porque decían que traicionábamos la fe. Y los paganos, que se sentían amenazados. Pero seguimos intentándolo, por todas partes, en Listra, Derbe… ¿No te pasa a ti a veces, que te miran raro, o que la gente se burla de lo que crees?
Aunque otras veces el problema era justo el contrario. Teníamos demasiado éxito. Te lo explico con un ejemplo. Recuerdo que en Listra Pablo sanó a un hombre que no había caminado nunca. Pablo, sabiendo de su fe, le dijo: «Levántate, ponte derecho». Y el hombre lo hizo y se puso a caminar. Entonces el gentío empezó a vitorearnos. Y decían que yo era Zeus, y Pablo, Hermes. Que éramos dioses. Era una tentación dejarse adular por los aplausos y la entrega de la gente. Pero insistimos para recordarles lo que de verdad importaba. Les recordamos que nosotros solo queremos anunciar al Dios vivo, al Dios que todo lo ha hecho, y que vela por nosotros. Porque, escúchame, esa es nuestra verdadera misión. También a veces tú tendrás la tentación de sentirte centro de miradas, de aplausos, reconocido o alabado. Pero no te dejes poner medallas. Que lo nuestro es recordarles a las personas quién es Dios, y cómo su verdad, su justicia y su amor iluminan nuestras vidas… Él que me llamó, y que sigue hoy llamándonos.
(Rezandovoy, adaptación de Hch 14, 5-18)