







María la Magdalena estaba fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contestó: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era él. Jesús le pregutó: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contestó: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dijo: «¡María!». Ella se volvió y le dijo: «¡Rabbuní!», que significa ‘Maestro’. Jesús le dijo: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: ‘Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro’».
María fue y anunció a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
«Quiero construirte una casa, Señor » © Difusión libre cortesía de Colegio Mayor José Kentenich
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«De otros se dice que lo dejaron todo para unirse a Jesús; María no tenía nada que pudiera dejar, sólo podía ganarlo todo. Ella no le siguió como otros, sólo sabía que él era el único lugar del mundo en el que ella podía vivir y en el que podía abandonarse a la vida».
(Eugen Drewerman)