







¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?, te queda lejos mi clamor, el rugido de mis palabras. Dios mío, te llamo de día y no respondes, de noche, y no me doy tregua. Pero tú, Señor, no te quedes lejos, fuerza mía, apresúrate a socorrerme; libra mi vida de la espada, mi única vida de la garra del mastín; sálvame de las fauces del león, de los cuernos de búfalos a este desgraciado. Contaré tu fama a mis hermanos, en plena asamblea te alabaré: Fieles del Señor, alabadlo, linaje de Jacob, glorificadlo, reverenciadlo, linaje de Israel, porque no ha despreciado ni le ha repugnado la desgracia de un desgraciado, no le ha escondido el rostro; cuando pidió auxilio, le escuchó. Tú inspiras mi alabanza en la gran asamblea: cumpliré mis votos delante de los fieles. Comerán los desvalidos hasta saciarse y alabarán al Señor los que lo buscan: ¡No perdáis nunca el ánimo! Lo recordarán y se volverán hacia el Señor todos los confines de la tierra, se postrarán en su presencia las familias de los pueblos; porque el Señor es Rey, él gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se encorvarán los que bajan al polvo. Conservará mi vida, mi descendencia le servirá, y contará quién es a la generación venidera; le anunciará su justicia al pueblo que ha de nacer: Así actuó el Señor.
A veces una mañana luminosa se transforma, de repente, en atardecida gris.
A veces se hace la oscuridad impenetrable en mi interior.
A veces todo es de noche.
A veces solo siento unas enormes ganas de llorar.
A veces pesa la edad más que el número de años.
A veces la soledad duele tanto… A veces.
En esos momentos, en los que todo se marcha de mi lado, tú te quedas.
Siempre estás ahí.
A lo mejor oculto en mi oscuridad, en mis nieblas, en mis lágrimas, en el peso de mis días…, en mi soledad.
Así que ahora, en este instante,
quiero decirte que sé que también estás
en esta atardecida,
en esta oscuridad,
en esta noche inacabable,
en estas lágrimas,
en estos años que me has regalado
y… que sé que nunca me dejas solo.
Tú lo dijiste:
«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
(Jaime Foces Gil)