







Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
»Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: 'Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas'. Pero Abrahán le dijo: 'Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros'. El rico dijo: 'Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento'. Abrahán le respondió: 'Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen'. Pero él insistió: 'No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán'. Abrahán le dijo: 'Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto'».
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Señor del contraste y de los puntos extremos,
Señor de la pobreza y de los pies con callos,
Señor silencioso, Señor del encuentro:
¡aquí estoy! oí tu voz, oí tu susurro, y el eco de tu palabra bulliciosa.
Dame la valentía de abandonar mis murallas,
dejar que sanes mi mirada miope,
mi percepción insensible,
mis encierros egoístas.
Dame tus ojos para ver a Lázaro
y compartir con él no solo el pan que me sobra,
el tiempo que atrapo,
la risa que vuelvo exclusiva
y el abrazo que entierro.
Señor del contraste y de los puntos extremos:
que pueda encontrarte en los lázaros
que yacen afuera de mis murallas.
Sólo así, esta búsqueda valdrá la pena,
tendrá sentido,
y tu Padre, será también mi «Padre nuestro».
(Julio Portocarrero)