







Hermanos: Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino que, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.
«Quiero construirte una casa, Señor » © Difusión libre cortesía de Colegio Mayor José Kentenich
«Soliloquios» © Usado bajo licencia no comercial Creative Commons
Llamamos sabio
al erudito
que acumula lecturas,
conceptos, datos,
nombres y fechas;
al científico
que aventura explicaciones,
desenreda nudos,
pelea con misterios,
resuelve problemas;
a quien enmarca sus títulos
para ofrecer garantías,
a quien tiene palabras
contra todos los silencios,
a quien piensa lo que dice,
cultiva la memoria,
de su historia hace escuela.
Hay otra sabiduría
no enciclopédica,
ni científica,
no académica
ni locuaz,
no experta.
Es la del viajero
de ojos curiosos,
la del creyente
abierto al misterio,
la del crítico tranquilo,
la de quien, por amor,
lo da todo,
la que descubre, invisibles,
los hilos que nos unen,
la que en un sepulcro vacío
intuye, invencible, la vida
a borbotones.
(José María R. Olaizola, SJ)