






Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le pidieron que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». Así declaraba puros todos los alimentos.
Y siguió: «Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
Escuchad y entended todos: a veces pensáis que el bien está fuera. Lo veis en gente buena, en héroes cotidianos, en sus palabras, en sus gestos, en sus capacidades. Y os decís que vosotros no sois capaces, que vosotros estáis atascados en los errores de siempre, las mismas batallas que parecen interminables. Y acaso sentís frustración por no estar a la altura, por no ser como los demás… Pero, ¿sabéis? De dentro del corazón humano también salen los buenos propósitos, las caricias y la ternura, los gestos de amor verdadero, las palabras de misericordia, la justicia, la lealtad, la fidelidad y la mesura, la alegría por el bien del prójimo, la verdad, la humildad y la hondura. Todas esas bondades las llevamos, inscritas en la entraña, por el Espíritu del Padre que hace de cada vida un reflejo de su grandeza.
(Rezandovoy)