







Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y les dijo: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
«A life» © Usado bajo licencia no comercial Creative Commons
Uno va por la vida
cargándose de por si acasos.
Acumulas el doble de todo.
Por si falta,
por si se tuercen los días,
por si empeora el tiempo,
por si se acaban las fuerzas.
Intentas capturar el amor con cadenas.
Tratas de asegurar el futuro con garantías,
buscas una guía infalible contra el extravío.
Apuntalas el bienestar con apariencias.
Hasta que un día,
desde la pobreza primera,
te dice Dios
que no tienes nada
y lo eres todo.
Que sin alforjas entramos en la historia
y ligeros de equipaje pasaremos por ella.
Te enseña a conjugar la libertad y el abrazo,
el vértigo y la pérdida.
Entonces te despojas
de tanto peso inútil,
te haces más liviano,
y al erguirte
te ves libre
al mirarte
en otros ojos
que estaban esperando
que los descubrieras.
(José María R. Olaizola, SJ)