







Cuando a los pocos días Jesús entró en Cafarnaún se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra. Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?». Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, agarra la camilla y echa a andar’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados –dijo al paralítico–: A ti te digo: levántate, agarra tu camilla y vete a tu casa». Entonces el paralítico se levantó, tomó inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».
«Tú mi hermano» © Autorización de Cristóbal Fones
¿De qué me sirve a mí la luz si a ti no te ilumina?
¿De qué la fe si me la guardo?
¿De qué el agua si no calma tu sed?
¿De que la esperanza si no es para el hermano?
¿De qué la sangre si no te da la vida?
¿De qué la inteligencia si no ayuda al Padre a seguir creando cada día?
¿De qué el amor sin objetivo?
¿De qué?
Epifanía. Manifestación. Entrega. Don.
Vida de otras vidas. Luz que enciende luces. Amor que se da sin límite.
Reflejo de Ti, Padre bueno.
(Jaime Foces Gil)