Blasfemia

«¡A la hoguera!»
Acusa el perfecto
con el dedo inquisidor,
señalando al hereje.

Ese que ama a todos, sin precio ni mérito.
Sana en sábado, poniendo al herido por delante de la Ley.
Ignora el templo de piedra y acaricia el rostro de carne.
Se deja tocar por la impura.
Elige los últimos bancos.
Se ríe de ritos muertos.
Derrama el agua viva a borbotones, en un derroche de gracia.
Abre la celda de la memoria, para rescatar a los olvidados.
Vive a la intemperie, tan señor del mundo, tan desnudo en los caminos.
Bebe, come, baila, sueña.

Y sí, está traicionando, al hacerlo,
al Dios de la Ley, de los Arrogantes, de los Implacables.
Al Dios de los Amargados y los Indiferentes.
Su blasfemia es la mejor noticia
para todos los desclasados de la historia.

(José María R. Olaizola, sj)