Abrazos

Al niño asustado que somos, al hombre inseguro, al amigo, al enamorado, al herido, al vencido. Que alguna vez brazos familiares protejan, aquieten, silencien al monstruo despierten al espíritu, los dos están dentro. Que la mano tierna envuelva el rostro y otros ojos reflejen amor. Que, por un instante, solo haya reposo en el hombro amable, y un silencio poblado de historia. Alguien, un día, abrió los brazos para abarcar a la humanidad entera en su pasión infinita. (José María R. Olaizola, sj)