Abrazos

Al niño asustado
que somos,
al hombre inseguro,
al amigo,
al enamorado,
al herido,
al vencido.

Que alguna vez
brazos familiares
protejan,
aquieten,
silencien al monstruo
despierten al espíritu,
los dos están dentro.

Que la mano tierna
envuelva el rostro
y otros ojos reflejen
amor.

Que, por un instante,
solo haya reposo
en el hombro amable,
y un silencio poblado
de historia.

Alguien, un día, abrió los brazos
para abarcar
a la humanidad entera
en su pasión infinita.

(José María R. Olaizola, sj)