Coloquio en un paisaje de angustia

Dios Padre bueno, que te revelas a toda persona en medio de su angustia, que te manifiestas a los hombres y las mujeres en la debilidad de sus manos crucificadas, en la humildad luminosa de sus pesebres, en la dureza de sus herramientas, en el sudor de su esfuerzo, en el sinsentido de la muerte, en la cruz del dolor de cada día, en la agonía de la enfermedad, en las puertas cerradas de nuestros corazones cerrados.
Te damos gracias, Padre, porque nos acompañas, porque vienes también en mitad de las desgracias y las angustias del ser humano, porque eres el Dios sufriente y el Dios triunfante, Tú la sorpresa inesperada, el mensaje de salvación, la paradoja inquietante de que detrás de las desgracias hay un camino de luz y una paz posible que llega a nosotros desde lo alto, como en una nube, por encima de las ruinas del tiempo y de la historia.
Te damos gracias porque nos rescatas así de nuestra desesperanza y nos invitas a ser parte de lo imperecedero.

(Juan V. e Isa de la Gala)