José, el soñador

Fue hace mucho tiempo. Yo disfrutaba tanto del cariño de mi padre… Él era anciano. Yo era pequeño, y de verdad que me mimaba. Me gustaba estar con él. Se reía conmigo, y le brillaban los ojos con ternura. Me regalaba tantas cosas… yo no me daba ni cuenta de que mis hermanos estaban celosos. ¿Cómo iba yo a pensar que la felicidad de mi padre fuera algo que pudiese herir a otros? Me gustaba ir donde estaban ellos. Yo les contaba mis sueños –porque soñaba, sí, soñaba con risas, con cosechas abundantes, con fiestas en las que estábamos todos–. Ellos me llamaban soñador, ingenuo, y se reían de mí. Algunos de los mayores dejaron de hablarme. Yo no comprendía bien su enfado, pero no creí que fuera para tanto.
Hasta aquel día en que, al llegar donde estaban, se abalanzaron sobre mí y me tiraron a un aljibe para el agua. No entendía lo que estaba pasando. Los llamaba, pero no me respondían. Solo Rubén me miraba y yo supe que sufría. Pero los demás, ¿qué estaba pasando con ellos? ¿Era una broma? ¿Un juego cruel? Solo cuando me sacaron, me entregaron a unos mercaderes, y vi que los mercaderes pagaban una bolsa de monedas a mi hermano mayor, comprendí que me estaban vendiendo. Yo lloraba, les suplicaba, y vi que alguno de ellos apartaba la mirada, creo que con vergüenza. Solo Rubén lloraba conmigo. Luego, los perdí de vista.
No me salió odiarlos, a pesar de lo que me habían hecho. No quise, y no quiero. Porque mis sueños no incluyen el odio. Y sé que algún día incluso entre nosotros, el amor será posible.

(Rezandovoy, inspirado en Gen 37, 3-28)